El arte de convivir

Segunda clave: lo que siento. En cuento te lo cuento.

Al igual que en la primera clave (LO QUE PIENSO), os invitábamos a contrastar LO QUE VEO YO con LO QUE VE LA OTRA PERSONA y veíamos algunas dificultades que tenemos con lo que pensamos (interpretaciones, juicios, distorsiones de la realidad, etc), en esta segunda clave queremos poner el foco en lo que sentimos. Las emociones juegan un papel básico en la convivencia, están presentes y de la mano con nuestros pensamientos.

 

Ante un suceso, suele ser habitual preguntar ¿Qué ha pasado? ¿Quién ha sido? Y, en respuesta, recibir un montón de excusas, explicaciones y justificaciones de quien intenta quitarse la culpa de encima. Sin querer desviamos la conversación a una especie de partido de tenis en el que cada una de las partes sólo quiere que la pelota no esté en su parte y para eso, busca lanzar la culpa al otro lado. Curiosamente, hay personas entrenadas en lanzar la pelota-culpa a la otra parte con gran destreza y otras personas, entrenadas en acumular pelotas. Lo cierto es que, tanto unas como otras, dificultan la resolución del conflicto. Entender qué ha pasado, buscar la mejor solución para las partes es más importante que buscar culpables. Y, a veces, lo olvidamos.

Hoy traemos este cuento que nos lo recuerda: “La Culpa y la Responsabilidad” adaptación del cuento de Carlos Mascherpa (sacado de http://dendros.cat/cuento-la-culpa-la-responsabilidad/):

 

La culpa y la responsabilidad caminaban con mucha prisa por la calle y al llegar a una esquina chocaron fuertemente sus cabezas, tanto que a ambas les salió un chichón.
La responsabilidad pidió disculpas y le ofreció a la culpa ir en búsqueda de hielo para ayudar a bajar la hinchazón. Ésta estaba tan perdida entre emociones y pensamientos negativos, que empezó a acusar a la responsabilidad por lo sucedido, sin escuchar.

    —Es cierto que venía con demasiada prisa –dijo la responsabilidad-, por eso te he ofrecido mis disculpas, y creo que con el hielo podré repararlo, y si no dime qué puedo hacer para ayudarte.

Pero a pesar del ofrecimiento, la culpa, exhibiendo las caras de culpador y culpado, no aceptó las disculpas ni tampoco se sintió responsable, y a medida que buscaba más el castigo, empezó a deprimirse y a paralizarse.
La responsabilidad volvió con el hielo, y pese a que la culpa terminó colocándose el hielo sobre su frente, no cesó de acusarla, aunque también lo hizo con la acera, con el clima, con la poca visibilidad y, finalmente, con ella misma: “¡he sido una torpe!” Sin mediar un segundo le preguntó enfurecida a la responsabilidad:

    —¿¡Cómo es que no te sientes mal con lo sucedido!?
    —Hacerme responsable sólo me hace sentir mal hacia mi conducta, pero me siento satisfecha porque pude aceptar que cometí un error y entonces puedo remediarlo –respondió la responsabilidad.
    —¿Pero no sientes acaso que deberías ser castigada por tu torpeza?
    —Si lo hago no solo me autoflagelo y evito hacerme cargo de mis actos, si no que además al abro la puerta a los oportunistas, que aprovecharían para manipularme a su antojo. Como soy responsabilidad, me dispongo a hacer todo lo que está a mi alcance para poder resolver a pesar de cualquier crítica.
    —¡No estoy de acuerdo!, -dijo la culpa con cara de culpa y sentimiento de culpa- la única manera de remediar es encontrar a los culpables para darles su merecido.
    —Quizás te hicieron creer que cometer errores es cosa de tontos y mediocres y al asumirte como tal has creído que la única manera de poder reparar lo que has hecho es mediante el castigo, aunque éste no te ayude a resolver nada.

Un extraño sentimiento invadió a la culpa. Por un lado se sintió culpable por haber lastimado a la responsabilidad, y por otra parte sintió deseos de ser como ella, pero enseguida recordó que para ser culpa, no debía ser responsable.

    —Muy lindas tus palabras, pero ¿sabes qué?, si no siento culpa por lo sucedido me siento culpable por no sentirla, entonces deja de querer convencerme y te pido por favor que sigas tu camino, y que “la próxima vez cruces la esquina con más cuidado”.

Al poco tiempo, y gracias al hielo que había ayudado a desinflamar, ambas cabezas estaban casi sanadas. La responsabilidad se retiró satisfecha por su accionar. En cambio la culpa no cesaba de mirarse al espejo la pequeña marca sobre su frente, y a medida que su tristeza crecía, su autoestima más disminuía, pensando que si no hubiera sido por la responsabilidad no tendría ninguna huella en su cabeza. Y es que si la culpa se comportase como la responsabilidad ya no sería culpa.

 

¿Te ha pasado alguna vez dejarte llevar por lo que sentías en una conversación? Pareciera que en esos momentos lo que sentimos se convierte en lo más importante que hay, incluso más que la persona que tenemos delante.

Al igual que los sabios sólo veían una parte del elefante cada uno (pincha aquí), cuando SOLO VEO LO QUE YO SIENTO y me muevo como si mi enfado, tristeza, vergüenza, preocupación, etc. ocupasen todo, veo sólo una parte de lo que ocurre. Dejo de hacer espacio a LO QUE LA OTRA PERSONA SIENTE, a LO QUE OCURRE FUERA.

También puedo hacer lo contrario y olvidarme de lo que siento para estar pendiente de LO QUE SIENTES como una forma de evitar el conflicto. Y a corto plazo puede funcionar para rebajar la tensión fuera. Ahora ¿a qué precio? ¿Cuánto acumulamos? Las emociones son como el agua y buscan salir, directa o indirectamente: puede ser en pequeños comentarios críticos, sarcásticos, irónicos, despectivos, indiferentes, etc. ¿Se te hace familiar?

¿Reconoces en tu día a día en tu convivencia algo de esto? Observar y ver que lo hacemos y cómo nos aleja de convivir sanamente es el primer paso. Los siguientes serán ir cambiándolos poco a poco. En la siguiente entrada compartiremos claves para aplicar. Mientras te invitamos a identificar en ti qué de lo hablado está presente y de qué forma.

 

Saioa Albizuri Lauzirika

Terapeuta Gestalt, consultora y facilitadora.

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